lunes, 2 de abril de 2012

Ayeres y mañana

El 2 de abril de 1917 el presidente norteamericano Woodrow Wilson le comunicó al Congreso su decisión de participar en la Guerra Mundial: “La neutralidad ya no es factible ni deseable al estar en juego la paz mundial”. Nadie, exceptuando al asesor presidencial Edward Bernays, supuso que ese día nacían las relaciones públicas, escondiendo bajo su manto la manipulación informativa. Edward Bernays era un autríaco nacido en Viena en 1891, sobrino de Sigmund Freud para más datos, llegado de pequeño a los Estados Unidos, donde cursó estudios universitarios de agricultura y los abandonó para dedicarse a su pasión: la publicidad y el periodismo. En 1914, no bien estalló la guerra en Europa y para los europeos, comenzó a trabajar para Wilson, que había asumido como primer mandatario el 4 de marzo de 1913. Lo primero que hizo Bernays fue bucear en el pensamiento del pueblo norteamericano para lograr que Wilson fuera por la reelección en 1917 y la ganara. Entonces, Bernays le habló de conveniencias al oído de Wilson: “Si bien el pueblo desconfía de las apetencias imperiales de Alemania y Austria, guarda un profundo rencor contra Inglaterra, ya que aún representa en la mente de los ciudadanos estadounidenses la opresión de la antigua potencia colonial”. Wilson basó su campaña en la neutralidad. Y con ella como emblema ganó por abrumadora mayoría en 1916 y continuó su mandato desde el 4 de marzo de 1917.
La cuestión fue que a los pocos días, y fogoneados por Bernays, los diarios de Estados Unidos publicaron un telegrama en el cual el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Arthur Zimmermann, le comunicaba al embajador alemán en Washington, el conde Johann Von Bernstoff, el “inicio de una guerra submarina irrestricta en el Atlántico”. El mensaje cifrado, enviado el 17 de enero de 1917 y decodificado lentamente por los servicios de inteligencia yanquis (también fogoneados por Bernays), decía que Alemania proponía una alianza a México, imprescindible centro de abastecimiento para la marina germana: de obtener la victoria, se le adjudicarían Texas, Arizona y Nuevo México, territorios en disputa con los Estados Unidos.
Bernays volvió al oído de Wilson: había que decir que Inglaterra no estaba luchando por la restauración de su imperio, sino para hacer prevalecer la democracia en el mundo. Es decir, entrar a la guerra.
A pesar de pertenecer al Partido Demócrata, Wilson no creía demasiado en la democracia: todavía se llenaban las salas donde se proyectaba la película El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, en la cual se tomaba una de sus frases mientras era gobernador de Nueva Jersey: “Los hombres blancos fueron provocados por un mero instinto de supervivencia hasta que finalmente surgió un gran Ku Klux Klan, un verdadero imperio del sur, para proteger al territorio sureño”. Tampoco creía mucho en la libre determinación de los pueblos: aún se lamentaba de que la expedición militar que había enviado a México en 1916 no hubiera podido capturar y dar muerte a Pancho Villa, “ese ladrón que solivianta a su pueblo para adueñarse de nuestros territorios”. Wilson creía en Bernays.
Lo que Bernays nunca le dijo a Wilson era que, gracias a sus aceitadas relaciones, sabía que, desde el primer día de la guerra, los ingleses habían intervenido los cables submarinos transatlánticos alemanes. Que cada mensaje del alto mando alemán era interceptado y estudiado en la Sala 40 de la oficina del almirantazgo británico. Que ese que contenía las palabras “México” y “Estados Unidos” le había sido enviado a él y que sus amigos criptógrafos William Montgomery y Nigel de Grey lo habían desencriptado. Tampoco le dijo a Wilson que los ingleses sabían todo, pero que si lo hacían público alertarían a los alemanes sobre la precariedad de sus comunicaciones.
Wilson, simplemente, compró el paquete cerrado. Y cuatro días después de su sesión del 2 de abril de 1917 en el Congreso, declaró la guerra a Alemania.
Bernays anotó el argumento de su próximo ensayo, La propaganda: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país. Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar”.
Exactamente sesenta y cinco años después de aquel inicio de las relaciones públicas de 1917, el 2 de abril de 1982, los diarios argentinos celebraban. “Argentinazo: ¡Las Malvinas recuperadas!”, decía Crónica. “Hoy es un día glorioso para la patria: En las Malvinas hay gobierno argentino”, decía La Razón. “Desembarco argentino en el archipiélago de las Malvinas”, decía La Nación. “Tropas argentinas desembarcaron en las Malvinas”, decía Clarín. La noticia había hecho quedar muy atrás, perdida para siempre en el pasado, la descomunal represión desatada sólo tres días antes en la Plaza de Mayo cuando la CGT llamó a manifestar contra la política de ajustes de la dictadura. Después llegarían más títulos, más tapas, más Gente, más Somos, más Clarín, más La Nación, más La Semana: “Euforia popular”, “Alborozo ciudadano”, “Si nos atacan daremos batalla”, “Fue mortífero el contraataque de Argentina”, “Estamos ganando”, “Gran revés del invasor en la primera batalla”, “Aplastantes triunfos en el aire y el mar”, “Desastre inglés”, “Ingleses ciegos de odio: matan hasta compatriotas” y hasta un alborozado Billiken que prometía el tan ansiado 10 colegial con “Operativo Azul en historieta: cómo recuperamos nuestras islas”. Todo bajo los preceptos emanados de un documento oficial de la junta militar enviado a los medios durante la guerra. Documento que, entre otras pautas, puntualizaba evitar difundir información que “exalte el poderío bélico británico y/o minimice el propio”, “pueda generar disturbios sociales, alterando con ello el orden interno”, “apunte a facilitar el logro de los objetivos psicológicos del oponente”, destaque alianzas militares y neutralismo activo en favor de Gran Bretaña y hasta “permita conocer el pronóstico meteorológico del Atlántico Sur”. Es decir, nada que, como el mismo comunicado señalaba, “reste credibilidad y/o contradiga la información oficial”.
Las enseñanzas de Bernays habían llegado a la Argentina y los directivos de los medios periodísticos que auguraban la gran victoria militar de 1982 compraron, solícitos, el diplomático manual de las relaciones públicas ignorando y haciendo ignorar la verdad de lo acontecido en la guerra. Ni la vergüenza ni el sufrimiento, ni el hambre ni el frío, ni la falta de armamento ni el desvío de hasta los más pequeños chocolates que la sociedad enviaba a “sus” soldados. Ni el despropósito ni las muertes. Nada: sólo la desinformación más brutal de una acción criminal escondida detrás de una reivindicación justa.
Pasaron los años después de aquellos dos nefastos 2 de abril.
Bernays acompañó al presidente Wilson a la Conferencia de Paz de Versalles. “Si se puede utilizar la propaganda en tiempos de guerra –decía–, también se podrá hacer en tiempos de paz.” Y después asesoró a otros: Hoover, Eisenhower, Henry Ford, Rockefeller, Reagan, George W. Bush, la United Fruit Company. Dicen que se negó a prestar sus servicios a Hitler, Anastasio Somoza y Francisco Franco. Pero nadie sabe muy bien por qué, ya que lo escucharon decir, triunfal, que “como la palabra propaganda llegó a estar mal vista por su uso en la Alemania nazi, entonces decidí inventar el término Relaciones Públicas”.
Muchos de los directivos de los medios periodísticos argentinos de aquel 1982 siguen trabajando en periodismo y adscribiendo al manual del sobrino de Freud. Lo único que parece diferenciarlos es que no se asombran de aquello que asombró tanto al austríaco que lo dejó escrito en sus memorias: “Me sorprendí al enterarme de que Goebbels tenía en lugar destacado de su biblioteca mi libro La propaganda. Nunca hubiera imaginado que mis teorías contribuyeron al éxito y ascenso del Tercer Reich”. Pero sólo es una suposición crédula: habrá que ver qué titulan mañana, treinta años después.

Año 5. Edición número 202. Domingo 1 de abril de 2012
Por Miguel Russo
mrusso@miradasalsur.com

lunes, 27 de febrero de 2012

Ultimo tren a Once

El pasado miércoles 22 de febrero un tren del Ferrocarril Sarmiento proveniente de Castelar al oeste de la Provincia de Buenos Aires, sufrió un terrible accidente en la Terminal ferroviaria de la Estación Once de la Ciudad de Buenos Aires. Fallecieron 51 personas y hubo más de 600 heridos. Posiblemente una de esas tragedias más horribles y recordables de la historia ferroviaria. Miles de personas se levantaron esa mañana para ir a trabajar o estudiar o simplemente para venir a la Ciudad a realizar algún tramite o compra y muchos de los cuales no regresaron nunca a su casa.

Durante los primeros días y mas allá de las personas accidentadas, hubo desaparecidos, nadie los encontraba ni en los hospitales, ni en ninguna parte. Fueron apareciendo algunos y solo faltaba ubicar a Lucas Menghini Rey. Un joven músico de 20 años, oriundo de San Antonio de Padua, que ese día se tomo el tren a Once, no aparecía en los primeros días, hasta que su padre vio un video en el cual los pasajeros subían al tren. Allí observo que su hijo no ingreso a los primeros vagones como se hacia prever, sino al cuarto vagón. Entonces exigió a la empresa ingresar al tren, al vagón en cuestión y vio a su hijo en el fuelle sin vida.

En realidad uno podría no escribir ninguna línea, ningún párrafo, pero seria insensible y egoísta de nuestra parte. Uno siente una enorme impotencia al ver, al escuchar, al leer, igual que todos los ciudadanos, que la empresa concesionaria (TBA) recibía subsidios millonarios de parte del Estado Nacional y que esos fondos en primera instancia eran mal invertidos, ya que todo hacia creer que la plata no iba a la mejora y mantenimiento de los ferrocarriles para que pasajeros puedan tener, al menos, un buen servicio público. La indagatoria del Juez Bonadio (recordar servilletas de Corach durante el menemismo) al conductor del tren, hizo prever en principio, que el tren se quedó sin frenos, que el conductor informó durante el recorrido a la empresa y ésta le mintió. Apenas le informaba que mandaba refuerzos técnicos y que continuara el recorrido. Esos refuerzos nunca llegaron y al llegar a Once a rápida velocidad, sin frenos, sucedió la tragedia.

Cuando la tragedia es producto de la desidia, de la corrupción estatal y privada, de la falta de controles, es necesario reflexionar y parar la pelota. No se trata de seguir como si nada hubiera pasado.
Dos personas, tienen que tomar decisiones muy importantes ahora más que nunca. La Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, que podría quitarle la concesión a TBA para tal vez, devolverla al Estado Nacional, a los trabajadores y porque no a asociaciones de servicios a consumidores; y el Juez Bonadío, que puede salvar su propia historia, en función de cómo fue designado juez en los años noventa, si se inclina por investigar a fondo a la empresa y los subsidios recibidos y supuestamente mal gastados.

Por último recordar a todos los que ya no están y a sus familiares; recordar a Lucas, ya que lo conocimos personalmente. Fue cuando, gracias a un amigo en común Richard, conocimos a éste pibe entrañable, un poco tímido, y a sus amigos de la banda “Sistemática” que, rock mediante, del bueno, sin pedir nada a cambio, durante los años 2007 y 2009 conmemoraron al barrio con su música en Plaza Almagro. Allí estaban los pibes. Alegres, felices, creativos, decentes, sin roscas, ni trampas. Solo nos queda decirles gracias a todos. Gracias Lucas, hasta pronto.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Izquierdas, indignados y okupas


Por Boaventura de Sousa Santos *

Cuando están en el poder, las izquierdas no tienen tiempo para reflexionar sobre las transformaciones que se producen en las sociedades y cuando lo hacen es siempre como reacción a un suceso que perturba el ejercicio del poder. La respuesta es siempre defensiva. Cuando no están en el poder, las izquierdas se dividen internamente para definir quién será el líder en las próximas elecciones, y las reflexiones y las evaluaciones quedan ligadas a ese objetivo. Esta falta de disposición para la reflexión siempre fue perniciosa, ahora es suicida. Por dos razones. La derecha tiene a su disposición a todos los intelectuales orgánicos del capital financiero, las asociaciones empresarias, los organismos multilaterales, los think tanks, los lobbistas, quienes diariamente le proporcionan datos e interpretaciones, que no siempre son faltos de rigor y que siempre interpretan la realidad para llevar agua a su molino. En cambio, la izquierda está desprovista de instrumentos de reflexión abiertos a los no militantes y, hacia dentro, la reflexión sigue la línea estéril de las facciones. En el mundo actual circula una inmensidad de informaciones y análisis que podría tener una importancia decisiva para repensar y refundar las izquierdas, después del doble colapso de la socialdemocracia y del socialismo real. El desequilibrio entre las izquierdas y la derecha, en lo que respecta al conocimiento estratégico del mundo, es hoy mayor que nunca.

La segunda razón es que las nuevas movilizaciones y militancias políticas por causas que históricamente pertenecieron a las izquierdas se están realizando sin ninguna referencia a ellas (salvo, tal vez, a la tradición anarquista) y, muchas veces, en oposición a ellas. Esto no puede dejar de suscitar una profunda reflexión. ¿Se está haciendo esta reflexión? Tengo razones para creer que no y la prueba está en las tentativas de cooptar, aleccionar, minimizar e ignorar a la nueva militancia. Propongo algunas líneas de reflexión. La primera se refiere a la polarización social que está emergiendo de las enormes desigualdades sociales. Vivimos un tiempo que tiene algunas semejanzas con el de las revoluciones democráticas que avasallaron Europa en 1848. La polarización social era enorme, porque el proletariado (en ese entonces una clase joven) dependía del trabajo para sobrevivir, pero (a diferencia de la época de sus padres y abuelos) el trabajo no dependía del obrero, sino de quien lo daba o quitaba a su antojo: el patrón; si tenía empleo, los salarios eran tan bajos y la jornada tan larga que la salud peligraba y la familia vivía siempre al borde del hambre; si era despedido, no tenía ningún sustento, excepto alguna economía solidaria o el recurso del delito. No sorprende que, en aquellas revoluciones, las dos banderas de lucha hayan sido el derecho al trabajo y el derecho a una jornada de trabajo más corta. Un siglo y medio después, la situación no es exactamente la misma, pero esas banderas siguen siendo actuales. Y tal vez lo sean más hoy que hace treinta años. Las revoluciones fueron sangrientas y fracasaron, pero los propios gobiernos conservadores que siguieron tuvieron que hacer concesiones para que la cuestión social no llevase a una catástrofe. ¿A qué distancia estamos nosotros de una catástrofe? Por ahora, la movilización contra la escandalosa desigualdad social (similar a la de 1848) es pacífica y tiene una fuerte inclinación a la denuncia moralista. No atemoriza al sistema financiero-democrático. ¿Quién puede garantizar que esto seguirá así? La derecha está preparada para dar una respuesta represiva a cualquier alteración que se torne amenazadora. ¿Cuáles son los planes de las izquierdas? ¿Van a volver a dividirse como en el pasado, unas tomando la posición de la represión y otras, la de la lucha contra la represión?

La segunda línea de reflexión tiene también mucho que ver con las revoluciones de 1848 y consiste en cómo volver a conectar la democracia con las aspiraciones y las decisiones de los ciudadanos. Entre las consignas de 1848 se destacaban el liberalismo y la democracia. El liberalismo significaba el gobierno republicano, la separación entre Estado y religión, la libertad de prensa, el sufragio “universal” para los hombres. En esta área se ha avanzado mucho en los últimos 150 años. Sin embargo, esas conquistas vienen siendo cuestionadas desde hace 30 años y, en los últimos tiempos, la democracia se parece más a una casa cerrada, ocupada por un grupo de extraterrestres que decide democráticamente por sus intereses y dictatorialmente por los intereses de las grandes mayorías. Un régimen mixto, una “democradura”. El movimiento de los indignados y los okupas rechaza la expropiación de la democracia y opta por tomar decisiones por consenso en sus asambleas. ¿Están locos o son un signo de las exigencias que se vienen? Las izquierdas, ¿ya habrán pensado que, si no se sienten cómodas con formas de democracia de alta intensidad (en el interior de los partidos y en la república), ésa será la señal de que deben retirarse o refundarse?

* Doctor en Sociología del Derecho. Este texto corresponde a la “Tercera carta a las izquierdas”.
Traducción: Javier Lorca.
Fuente: Pagina 12

martes, 20 de diciembre de 2011

Ciudad de pobres corazones


Al menos 26 familias que habitan un edificio ubicado en la Av. Boedo al 1900 del barrio porteño de Boedo, (Comuna 5) resistieron una orden de desalojo impartida por la Justicia. "Las familias tomaron la decisión de resistir la medida, ya que no tienen otro lugar para vivir y nadie se acercó a ofrecerles una solución a su situación", reveló a Télam Carlos Bénitez, Comunero del Frente para la Victoria, de la citada comuna.

Los edificios que ocupan, pertenecieron a la constructora San Sebastián Propiedades S.A., cuyos propietarios estafaron a más de quinientas familias compradoras, hace diecisiete años, en varios edificios que nunca fueron terminados.

La jueza Margarita Braga aceptó el pedido de desalojo presentado por el síndico Rafael Benjar y ordenó hacer efectiva la medida el dia lunes 19 de diciembre.

"Lo que nosotros pedimos es tiempo", subrayó Benítez, quien remarcó que las familias afectadas "no se oponen a abandonar el predio, pero requieren de una solución para no quedar en la calle".

"La Legislatura intervino y recomendó que atendieran a estas familias en el marco de la ley 341 de créditos particulares para estos casos, pero todavía eso no se hizo efectivo", agregó.

Finalmente, gracias a diferentes gestiones ante la justicia, de parte de diversos actores sociales y políticos (menos del PRO) el desalojo fue suspendido de manera provisoria hasta que los damnificados tengan una solución habitacional.

Creemos, desde nuestra Asociación Civil, mejor dicho estamos convencidos, que mientras no logremos tener un debate serio sobre el rumbo a tomar en materia de políticas sociales esta situación no mejorará, sino que empeorará. Y eso implica que todos, como integrantes de la sociedad civil, estemos a la altura de las circunstancias.

Atento a la situación descripta, deberemos meditar qué rol queremos
ejercer y cuál es el grado de compromiso que estamos dispuestos a asumir en
la toma de conciencia de lo que a cada uno de nosotros nos corresponde.

Gustavo A. Cresta
Polítólogo - AC Manzi

sábado, 15 de octubre de 2011

El barrio y el centro: literatura porteña en los años veinte


El próximo miercoles 19 de octubre de 2011, la autora de esta nota, disertará para nuestra asociación civil y para nuestro vecinos del barrio de Almagro, con motivo de su 170 aniversario en el legendario "Bar El Banderin" de Guardia Vieja esq. Billinghurst.

Adhieren los grupos: Agrupación Compañeros Almagro, La Campora Almagro y también Comunarte.


Durante la década del ’20 la discusión sobre la función de la literatura pareció dividirse en dos grandes grupos: Boedo y Florida. Sin embargo, son emergentes de un proceso cultural con antecedentes y con continuidades verificables hasta el presente, más de noventa años después.
¿Qué fueron o, mejor dicho, qué representaban estos dos grupos? ¿Por qué se habló de una confrontación entre ellos y, años después, de una “anécdota de juventud” que minimizó el conflicto real que los oponía?
Ambos grupos estaban formados por jóvenes escritores y si el eje de su producción era Buenos Aires, no serán las mismas zonas ni los mismos actores sociales los que incorporarán a su literatura. Siendo jóvenes e intentando distanciarse de los escritores consagrados y revindicando la influencia de algunos “mayores”, los referentes serán distintos. Y si bien la literatura los aúna, la concepción de ésta los distancia.
En aquellos años, literatura social versus literatura experimental parecía ser el núcleo. Y también centro y margen. Dos polos. Desde ya, existe una zona intermedia, un espectro en el que se producen cruces, deslizamientos y porosidades.
Como ejes de esta polémica, varias cuestiones aparecen: la función de la literatura, la politización de esta práctica y, también, un conflicto de clases. Las diferencias que separan a Boedo y Florida son muy claras. Como así también lo son sus zonas de contacto. Lo más productivo frente a dos polos es analizar qué es lo que queda en el medio.
Durante ese período histórico coincidente con el radicalismo clásico, 1916 a 1930, y con todas las mediaciones, los desplazamientos y las impregnaciones de ese momento, la ecuación Boedo / Florida condensa los elementos de una inflexión renovada, con una nueva nomenclatura sumada a la incidencia de las vanguardias de la primera posguerra sobre la constante mayor de la literatura argentina: civilización y barbarie. Constante primordial que refracta, mediatamente, la ciudad escindida y sus conflictos de clase.

Lic. Gabriela García Cedro
Profesión: autora, consultora editorial, escritora, gestora cultural, investigadora y docente universitaria.
Editorial u organización donde trabaja o estudia: Facultad de Filosofía y Letras (UBA)

jueves, 21 de julio de 2011

Voces que empiezan a decir...

Entre fines de este mes y principios de agosto, se conocerán los ganadores. Y como uno de los miembros del jurado, un miembro de nuestra asociación: el Lic. Gustavo Cresta. Gran iniciativa para promover nueva gente en los medios.